viernes, 30 de agosto de 2013

Triste historia tibetana (o algunas razones para odiar el estadio nacional).

Padre, ser tibetano es tan difícil... Esas fueron las últimas palabras de Tandim Tso el 7 de noviembre de 2012, antes de prenderse fuego a sí misma por la libertad del Tíbet. Tenía tan solo 23 años y era madre de un niño de seis.
No quisiera ni pensar en lo extrema que debe ser una situación política para llevar a una persona a decidir morir en público de la manera más dolorosa que puedo imaginarme. Pero tengo que hacerlo.
He de admitir que antes de venir a McLeod Ganj, sede del gobierno tibetano en el exilio en la India, mis conocimientos acerca de la situación del Tíbet se limitaban a estas abundantes fuentes de sabiduría:
1. La película Siete años en el Tíbet.
2. La serie de conciertos que se hicieron por la liberación del Tíbet en 1996.
3. La visita del Dalai Lama a la UCR en 2004. Que más que información me dio vergüenza, en vista de que después de que los monjes rezaran, la concurrencia tuvo la brillante idea de ponerse a aplaudir... Como diría mi colega mochilero Arturo, quien me acompañó en aquella bochornosa e infame mañana en la facultad de Derecho: “Esa vara fue como aplaudir después del padrenuestro”.
4. La información de un francés a quien conozco en Delhi, cuyo tatuaje más reciente se lo hizo un refugiado tibetano, quien salió del Tíbet con un grupo de 50 personas, cruzó los Himalayas y llegó a la India sólo en compañía de 11 supervivientes. Desde entonces, el mae es un excelente tatuador, pero tristemente trastornado después de semejante experiencia.
Por supuesto que me da pena ser tan ignorante, pero tampoco me juzgo tan severamente como para ser inmolada en la plaza principal de McLeod Ganj: el Tíbet no es parte de la agenda de los medios, ni de prácticamente ningún gobierno. Es como si los Himalayas que lo esconden lo aislaran en verdad de los ojos del mundo.
Monumento a los mártires del Tíbet en las afueras del museo.

El museo del Tíbet, en McLeod Ganj y ubicado a pocos metros de la residencia oficial del Dalai Lama, es infamente pequeño. Porque no queda prácticamente nada qué enseñar de una nación que tiene más de dos mil años de antigüedad. Dos billetes de banco y algunas monedas. Un pasaporte. Algunas fotos. Instrumentos de tortura. Y ya. Lo que ha sobrevivido después de que los refugiados han llegado cruzando los Himalayas y que no ha sido comestible.
Los billetes, monedas y el único pasaporte son para probar que el Tíbet en verdad existió en algún momento como país independiente, porque los 63 años que lleva ocupado por China hacen que cada vez haya menos gente que se acuerde, y que quienes lo hagan comiencen a pensar que sólo fue un sueño.
Las fotos, por su parte, empapelan un túnel del tiempo: hay algunas en blanco y negro de cómo era el Tíbet antes y muchas a color de cómo es ahora. Ahora, la vara se resume en templos destruidos, en bosques deforestados y ríos contaminados. Desde la ocupación china se han destruido más de 6000 templos (con todas las reliquias y arte que eso implica) y los que permanecen se han transformado en prisiones y en fábricas. Además, una de las regiones más hermosas y ricas naturalmente, envuelta en montañas al grado de ser considerada el techo del mundo, se ha convertido en el patio de juegos nucleares de China. Y nada más como dato colateral: han muerto más de 1.200.000 tibetanos.
Por último, los instrumentos de tortura revelan lo que es el pasado más reciente y el presente del Tíbet. Imagínense lo que debe ser estar colgado de unas esposas ajustadas a los pulgares por horas... O que le metan a uno un bastón eléctrico en la boca o en el ano... O que lo cuelguen de los pies y le amarren un ladrillo en el pelo... Cosas así las pueden contar las personas que caminan por las calles de McLeod Ganj, pero si les da mucha pena preguntarle a cualquier parroquiano que ande merodeando entre los rickshaws y las vacas, siempre pueden acudir a la Asociación de ex presos políticos, donde más o menos 120 de ellos podrán brindarles mayores detalles y explicárselos con los dibujos más perturbadores que hayan visto decorando tres pisos de escaleras.
Lo que para mí hace aun más trágica la situación por la que atraviesa el Tíbet bajo la ocupación china es el concepto que manejan los tibetanos como nación. Si bien es cierto que en Occidente hay muchos países nacionalistas y que viva México cabrones y Colombia tierra querida y mucho güipipía y la vara, el concepto que al menos percibo en los tibetanos es mucho más religioso y espiritual. Para ellos, pareciera que al chile los han echado del Paraíso y estuvieran vagando tan confundidos como lo debieron haber estado Adán y Eva al puro principio, expulsados con todos los chunches fuera del Edén. Sí: me parece que ellos lo perciben como que los desterraron del cielo y todo lo sagrado se les quedó ahí; no sólo la tierra, no sólo la familia, no sólo las costumbres, no sólo su historia, no sólo lo que es toda esta vida terrenal, sino que hasta el más allá lo han perdido. El Tíbet para ellos no es sólo su país: es un universo con todo lo que eso abarca, lo visible y lo invisible.
Es difícil entender la magnitud de la tragedia de los tibetanos si uno, que es un fariseo y con costos y se acuerda de cómo persignarse, no se desprende de su visión occidental y entiende que para ellos el no poder colocar una foto del Dalai Lama en la casa es una ofensa. No es sólo un líder religioso o político, sino que es la reencarnación del patrono del Tíbet o algo así. Por ende, traduciéndolo a términos católicos (que son con los que estoy más familiarizada), no es que no los dejan poner la foto del Papa: es que no los dejan poner la imagen de Jesucristo.
Poniéndonos en esa sintonía, el hecho de que los chinos hayan secuestrado a un niño de 6 años (el prisionero político más joven del mundo y cuyo paradero se desconoce desde 1995) se hace aun más grave si consideramos que es el Panchan Lama, el que los budistas tibetanos consideran como el segundo en importancia después del Dalai Lama.
El prisionero político más joven del mundo.

Pero bueno, si no puedo transportarlos a la experiencia religiosa (es muy difícil hacerlo cuando uno viene del Oeste y de varios husos horarios atrás) póngamonos en un plano materialista. Lo que hace aun más grave la tragedia del Tíbet es que no tiene petróleo, ni nada que le interese a las grandes potencias mundiales. Como dijo el Venerable Bagdro, monje y ex prisionero político tibetano (cuyas experiencias se narrarán en alguna próxima entrada, cuando sepa cómo escribir lo suficientemente bien para hacerle honor a su historia): “Países como Kuwait o Irak han tenido suerte. Poseen algo que a las naciones poderosas les interesa y por eso recibieron atención mundial. El Tíbet no tiene tanto qué ofrecer y por eso su destino es este”.
O no, más bien la peor parte de la tragedia del Tíbet es que su gente es pacífica. Seguro que si armaran un despiche como en Siria, como en Libia o como en Sudán y la sangre no es escondiera detrás del férreo control de los medios y del dinero de China, podríamos mirar por encima de los Himalayas y darnos cuenta. Pero no. Tal parece que la opinión internacional es tan sorda que sólo escucha cuando llegan las balas: si se practica la paz es un método demasiado silencioso.
No hay ser más pacífico que yo haya visto en mi vida que un monje budista. Es una sensación indescriptible cuando hablás con uno de ellos: es como si un aura de armonía te envolviera. Llevan consigo como un perímetro de paz en el que si uno ingresa, recibe una luz que rellena todas las grietas que tenga su gastada fe en la humanidad. Los monjes son las personas más sonrientes que haya visto jamás. Incluso, he de admitir que por mi cabeza impulsiva se me ha pasado la idea de raparme la jupa e ir a tocar la puerta de la estupa más cercana, a ver si me aceptan y puedo yo llegar a sonreír de esa manera. Imaginarse a un ejército de monjes es casi como imaginarse a un ejército de osos perezosos o de delfines. Pero sucede: cuando de protestar se trata, lanzan piedras y queman edificios. No me cabe en la cabeza el grado de represión que se puede llegar a sufrir como para que un monje llegue a hacer eso. Es como ver a los ositos cariñosos saqueando un negocio y prendiéndole fuego a una patrulla.
A tal nivel de desesperación se puede llegar, que miles de tibetanos han decidido cruzar los Himalayas durante meses, durmiendo de día y caminando de noche para no ser descubiertos, hasta llegar a Nepal o a la India. O sea, esta gente no está cruzando el cerro del Ochomogo, la Carpintera, el Monte del Aguacate o tan siquiera el Chirripó: están cruzando los Himalayas, donde uno ni respira bien de lo alto que está y donde existe la era del hielo desde siempre. Cruzan los Himalayas niños, ancianos, mujeres embarazadas, ex prisioneros que acaban de salir de la cárcel con toooodas las consecuencias de días de tortura, después de haber estado alimentándose solo con el algodón de sus edredones. Sólo imagínense lo que ha de ser estar entre los Himalayas de noche, a yo no sé cuántos grados bajo cero, con un yak congelado a la par de uno y mirando todo el tiempo si aparece por ahí un helicóptero con chinos que primero disparan y después preguntan. Mae, yo no sé ustedes, pero yo no puedo imaginarme ninguna situación que me angustie tanto al grado de empujarme a cruzar los Himalayas.
Y lo que me parece aun peor: a tanto ha llegado el nivel de desesperación y de súplica por la atención internacional, que más de 100 tibetanos han optado por inmolarse en público, el último el pasado 6 de agosto. No sólo en el Tíbet, sino en otras ciudades fuera del país. Su razonamiento es que vivir así, bajo la bota china o en el exilio no vale la pena, y al menos su suicidio debe servir para algo, para concientizarnos sobre el tema, para que la sangre se vea en público y no detrás de la gran muralla china. Una muerte útil, al menos. Porque van a morir de todas maneras.
Tibetanos que se han inmolado por la libertad del Tíbet.

¿Y es que quién putas se enfrenta a China por un montón de gente pacífica? Nadie. Tiquicia menos. Cuando inauguraron el estadio nacional me acuerdo de que escribí un artículo en su contra. Por supuesto, no me lo publicaron en ningún periódico y entonces recurrí al blog. Por ahí recibí un par de comentarios bien amables acerca de mi falta de empatía con el espíritu criollo, que tan orgulloso está de su puto estadio. Como siempre yo, la despatriada, que no tengo bandera y que la tijeterearía gustosamente si no me deja ver a otro ser humano. Deberían de inmolarme en la Plaza de la Cultura. Pero mae, después de estar aquí, le voy a prender fuego al puto estadio de mierda. ¿Cómo carajos Costa Rica, que es un país sin ejército, y disque democrático y no sé qué otras leyendas de clases de cívica del ministerio, se deja comprar con un estadio para ignorar el dolor de esta gente? Se me cae la cara de vergüenza de venir de un país con políticas hipócritas y que prefiere el dinero antes que la paz. Muy tuanis, muy pura vida como siempre: mientras todos los maratonistas de moda llegan ahí triunfantes al final de sus carreras Correcaminos y vamos todos al concierto de Lady Gaga, China sigue torturando sin ni siquiera permitir el acceso a los medios de comunicación o los turistas sin guía. Entretanto, nosotros nos atragantamos con un bloque de cemento y no decimos nada. Nos hubiéramos quedado con el viejo estadio que se caía a pedazos y hubiéramos seguido usando el Ricardo Saprissa para eventos masivos, mucho más honorable hubiese sido eso. Mínimo cuando éramos compas de Taiwán los maes nos regalaron un puente, que es mucho más útil, pero ¿un estadio? El fútbol es el opio de los pueblos de verdad.
Perdón, me salí del tema. Pero es que al chile, si yo con sólo unos días aquí he llegado a albergar tal grado de frustración, no quiero ni pensar lo que debe sentir un tibetano. No quiero ni pensar lo que deben sentir los padres refugiados cuando dejan a sus bebés en la mañana en la guardería (estoy haciendo voluntariado en una) y saber que sus hijos nunca van a ver ese sitio de cuento de hadas que parece ser el Tíbet, porque hay un hijueputa soldado chino de mente cerrada ocupando su lugar. No quiero ni pensar lo que debe sentir un monje al ver que la paz que irradia se va extinguiendo de a poquitos, tan lenta y dolorosamente como se enloquece con la tortura de la gota de agua. No quiero ni pensar lo que debe ser sentir que morir congelado en los Himalayas o quemado en público puede ser mejor.

No quiero pensarlo. Pero tengo que hacerlo.

HACÉ ALGO POR EL TÍBET. Usualmente este apartado es para lavarles el cerebro con que se suscriban y bla bla bla, pero esta vez, de verdad, la idea es crear consciencia sobre la situación del Tíbet. Si no te sentís tan piromaníaco como para venirte a quemar el estadio nacional conmigo o no te cuadra como escribo como para postearlo en tu muro de Facebook, Twitter, etc., tranqui, pero hablá con tus conocidos, presioná al gobierno, escribí cartas, hacé algo para que el tema se escuche más allá de los medios de comunicación tradicionales. Lo que sea. TODO CUENTA. La causa del Tíbet: pasala. ;)

viernes, 23 de agosto de 2013

De cómo el monzón me llevó al Tíbet en el exilio

No sé cómo en algún momento pensé que el monzón era algo romántico... ¿EN QUÉ PUTAS ESTABA PENSANDO?
Mientras que muchos cuentos y leyendas indias relatan novelescas historias en tono épico-romántico pasadas por agua, yo estoy sentada sola en una habitación súper húmeda en Manali (provincia de Himachal Pardesh, al norte de India) y hay tanta neblina que los mismos Himalayas parecen una leyenda que alguien se soñó después de haberse fumado todo el hachís del pueblo. No se ve ni mierda. NI MIERDA.
Lectores del caballito: si vienen a la India traten a toda costa de NO hacerlo en agosto. En especial si son ustedes ticos. Hay un lugar donde llueve peor que en Costa Rica y es este. Al menos nosotros tenemos la ilusión de mañanas soleadas, cuyo espejismo se desvanece con el primer baldazo de la una de la tarde, pero aquí no hay tregua climatológica que valga. El diluvio lo han estado viviendo desde el Antiguo Testamento por aquí y la vara no ha parado, se siguen escribiendo versículos al respecto.
En vista de que soy una novata en India, tomo como palabra sagrada los consejos de otros viajeros que me cruzo en el camino. Aprender a viajar en India es un proceso de lento de aprendizaje. Ya con solo pronunciar los nombres de los lugares a los que quiero ir me hago bolas. Tomemos por ejemplo este: el templo de Hazrat Nizam-Ud-Din Dargah. ¿Cómo se supone que me puedo acordar de eso y decirlo correctamente para que la gente me entienda? No se diga ya de encontrarlo, porque se ubica en un callejón caótico (el más caótico que haya visto en India hasta el momento, lo cual quiere decir que por aquí acaba de suceder el Big Bang hace menos de dos horas). Y sin embargo, algunos mochileros incluso hablan un poco de hindi, útil herramienta lingüística, porque si uno por ventura logra decir algo correctamente, los indios te miran diferente y no se te montan tanto a la hora de regatear. Yo todavía opto por el viejo método de escribir a dónde quiero ir en un papel y enseñarlo, a lo bruta-muda, y permitir que me estafen.
En fin, cada viajero experimentado con que me cruzo me lo tomo como un gurú y sigo sus iluminados consejos. De este modo, después de una charla en una terraza en Delhi con un holandés que ha estado ya cuatro veces en India, me ilumina el camino hacia el norte y me sugiere trazar una línea encima de la capital y comenzar a recorrer todo lo que esté por encima de ella hasta que llegue octubre, en un intento por no morir en las llamas infernales del sur, donde el calor de esta época es mortal para cualquiera que no porte un pasaporte de Mercurio. O sea, que tengo dos opciones: norte-fresco o sur-infierno.
Así que heme aquí, en el norte de India, ya sin calor (¡milagro, milagro!), pero con una lluvia del carajo. Y tal parece que hasta septiembre seguirá.
Lo primero que veo cuando me despierto en el bus llegando a Himachal Pradesh... agua en todas sus formas.

Me debato. Podría seguir la jornada que tenía en mente: continuar desde Manali más al norte y cruzar los Himalayas hacia la región de Cachemira, por la segunda carretera más alta del mundo (a más de 5000 metros), un paraje que mis gurús mochileros en Delhi me han dicho que es lo más cercano a estar en la luna... Pero, ¿para qué? ¡Solo voy a ver nubes! Eso, sin duda, destruiría mi ilusión lunar, considerando que en la luna no se enfrentan a semejantes neblinosos problemas de visibilidad... Entonces bueno, me espero a que pase el monzón: la verdad no quiero perderme de nada y, aunque uno nunca sabe, yo sí sé que este será mi único viaje a la India, porque no queda precisamente a la vuelta de la esquina y aún quiero ir a otros 53 países más... Yo y mis delirios.. ¿Pero quedarme casi un mes aquí, vegetando en Manali, que está muy tuanis, pero ciertamente no hay mucho para hacer entre cuatro paredes excepto fumar hachís...? No, es que un mes aquí no me visualizo... Pero, ¿a dónde putas me voy mientras tanto...? ¿Delhi...? Ni operada de la jupa, al final pasé ahí dos semanas porque tuve mi primera infección asiática en las amígdalas y pasé cinco días en cama, con la única distracción turística de ir a mi primer hospital indio... ¿Al sur...? Ni pensarlo, no quiero asfixiarme en ese sauna geográfico.
Entonces, paso a reflexionar acerca de mis dos semanas en India. A pesar de que ya he estado en algunos países de África, creo que la miseria que he visto aquí no la conocí hasta ahora. De verdad: no creo que haya visto semejante nivel de pobreza como en India... Es la superpoblación: alimentar a 1200 millones de personas aquí y 20 millones en Mozambique... hasta una retrasada para las matemáticas como yo puede hacer la resta... Y bueno, hablando de Mozambique, ese fue el último voluntariado que hice y de eso estamos hablando ya hace cuatro años... Los mismos que llevo soltera, qué felicidad la mía... O sea, que tengo dos opciones: vegetar-en-el-pueblo-hippy-de-Manali-en-las-cafeterías-fumando-hierba o ir-a-hacer-algo-útil-no-egoísta-de-voluntariado. Me decido: es momento no sólo de tener novio otra vez, sino de hacer voluntariado de nuevo.
El único sitio que se me ocurre es mirar diez horas en bus hacia el oeste y enrumbar hacia Dharamsala (un nombre que sí puedo pronunciar para variar) y cuatro kilómetros montaña arriba instalarme en McLeod Ganj, donde se localiza el gobierno del Tíbet en el exilio y tiene ubicada su residencia oficial el Dalai Lama. Ahí, hay varias organizaciones que trabajan con refugiados tibetanos, quienes cruzan los Himalayas a pie (sí, a pie) durante semanas hasta encontrar asilo político en India.
Mi debate, por fin, está concluido: voy a buscar alguna organización de voluntariado en McLeod Ganj hasta que el monzón pase. Empaco y a la noche siguiente, estoy subida en un bus con una docena de israelíes, dispuesta por tres semanas a convertirme en vecina del Dalai Lama.


No sé cómo en algún momento pensé que venirme a McLeod Ganj era buena idea... ¿EN QUÉ PUTAS ESTABA PENSANDO?
Apenas y me estoy recuperando de mi paranoia de que ser mujer y viajar sola en India es una combinación imposible y de repente me encuentro en la parada de buses de McLeod Ganj, sola, a las 4 a.m. y sin idea de para dónde agarrar.
Vuelve a cruzar por mi cabeza de dama en apuros la idea de convertirme en transexual, hacerme la operación de cambio de sexo y seguir inyectándome testosterona por el resto de mis días: ¡cómo desearía ser hombre en este momento, por la gran puta! Considerando que el grupo de israelíes va hacia otro pueblo vecino y se suben todos en tres taxis, yo me quedo entonces sola en la madrugada rodeada de hombres en la estación de bus, que me miran como me suelen mirar los hombres aquí... Latinoamericanas: nosotras, que nos quejamos de los maes que acostumbran acosarnos verbalmente en la calle con sus “rica mamacita, venga que la chupo toda” déjenme decirles que eso es más llevadero. Al menos, los pelados esos expresan lo que sienten y uno tiene algo de información con la cual defenderse. Uno sabe a qué se enfrenta. Pero no hay nada peor que la manera en que te miran algunos indios: fijamente, serios, fijamente, con intensidad, fijamente, casi que con la boca abierta y uno no tiene ni la menor idea de qué están pensando... No lo sé, a mí todavía me asustan para el momento en que me encuentro aquí sola en la parada de bus de McLeod Ganj a las 4 de la mañana de un domingo. Y por mi mente, a todo esto, siguen cruzando todas las recomendaciones que he oído de mi amiga india Priyanka, de otros mochileros, de las guías de viaje: no camines NUNCA sola de noche en India... O sea, que tengo dos opciones: quedarme-aquí-bajo-las-miradas-libidinosas-de-hombres-indios o subirme-a-un-taxi-y-jugármela-a-encontrar-un-lugar-donde-dormir-hasta-que-salga-el-sol.
Me decido a subime a un taxi. Prefiero tener que enfrentarme con el taxista si las cosas se llegan a poner heavy, que con una docena de maes en una parada de bus en un país que no conozco.
El taxista, por supuesto, no me ataca sexualmente, pero sí monetariamente: el tipo me estafa. Me dice que me lleva por $3,5 a uno de los hostales que tengo anotados en un papel sacados de Lonely Planet (después de mi primer hostal en Delhi me declaro atea de los comentarios de Hostelbookers y Hostelworld y ahora sólo le creo a Lonely Planet... palabra sagrada, como la de los mochileros). 
Uno se da cuenta de que ya ha pasado algún tiempo en India cuando comienza a pensar como indio respecto del dinero: aquí todo es taaaaan barato, que cuando uno se entera comienza a regatear por 100 colones (20 centavos de dólar más o menos) porque de verdad representan mucho en este país. Por lo tanto, ya la suma de $3,5 de entrada, a mi cerebro ya indianizado, le parece casi un robo a mano armada. Debí haber estudiado algo de hindi antes de venirme aquí para no quedar como la turista occidental bruta... Pero luego hago la conversión y me doy cuenta de que estoy arriesgándome a algo peor por pinches 1700 colones, suma que comúnmente me gasto en dos cervezas. No, por dos cervezas yo aquí sola en la noche no me quedo y me subo al taxi.
El segundo problema surge cuando descubro de que, más allá de Delhi, el concepto de recepción las 24 horas no parece estar muy extendido por estos rumbos... Todos los hoteles, casas de huéspedes, pensiones y hostales están CERRADOS a cal y canto, como si hubiera toque de queda. ¿Y ahora qué? No, es que yo de este taxi no me bajo ni amarrada y ni a putas me quedo en la calle sola hasta que amanezca. Todo está tan oscuro (aquí en India se va la luz a cada rato) y está tan vacío, con excepción de algunos hombres, de esos que me miran de la manera en que me miran...
El taxista, tal vez tomando un poco de consciencia kármica, decide que probemos por otras calles hasta que por fin encuentra una casa de huéspedes donde nos abre la puerta un niño de unos nueve años trasnochado. El cuarto (porque es doble) cuesta la módica suma de 700 rupias (más o menos $13) lo cual, volviendo a los parámetros indios, es una cantidad medio estratosférica, pero bueno, yo estoy agotada, con diez horas de bus encima por unas carreteras llenas de curvas y conducidas a la manera india (léase: a lo bestia)...O sea, que tengo dos opciones: pago-este-cuarto-de-onerosas-700-rupias o duermo-en-la-calle-en-compañía-de-algunos-maes-desconocidos-y-las-vacas-sagradas. Yo diría que más bien solo tengo una opción.
Así que sigo al chamaco medio sonámbulo, pago las 700 rupias y me acuesto a dormir, inmensamente feliz de estar segura en una cama.


No sé cómo en algún momento pensé que el monzón era algo romántico... ¿EN QUÉ PUTAS ESTABA PENSANDO?
Si el monzón en Manali me pareció el diluvio continuo del Antiguo Testamento, aquí me encuentro con el Apocalipsis acuático: ¡qué manera de llover! Siempre he sabido que una nube me persigue y que traigo conmigo las lluvias tropicales en mi aura, pero aquí es la hipérbole de la lluvia. Nada de extrañar, porque seguimos en la India y es esta tierra de hipérboles, como mencioné en alguna entrada anterior.
Pero bueno, ¡ya qué! Ya no tengo más a dónde ir y si la idea es quedarme entre cuatro paredes, pues que al menos sea por el bien de la gente del Tíbet.
Lo más que he llegado a ver de los Himalayas hasta el momento...

A diez días de mi llegada a McLeod Ganj, cuando escribo esta entrada, estoy bastante convencida de haber tomado la decisión correcta. A pesar de que sigue lloviendo y aún no he visto los Himalayas detrás de las densas nubes monzónicas, este tiene que ser uno de los lugares más interesantes por los que haya mochileado jamás.
O sea, estimados lectores del caballito de bambú, que tienen dos opciones: dejarse-atiborrar-por- todo-un-mes-con-solo-entradas-acerca-de-la-situación-política-del-Tíbet-en-modalidad-lavado-de-cerebro o dejar-de-leer-este-blog-hasta-nuevo-aviso-y-dedicarse-a-Pinterest, porque sinceramente creo que es un deber moral, espiritual y humano informarse acerca de lo que está ocurriendo bajo el gobierno de China y que es MUY SERIO, poco cubierto por la agenda periodística internacional y de lo cual TODOS Y CADA UNO debemos tomar consciencia y hacer algo.
Ahí se las dejo picando en la cancha, mientras continúo en la sede del gobierno tibetano en el exilio, esperando a que caiga la última gota del no tan romántico monzón.


viernes, 16 de agosto de 2013

Dolor y dinero

 2.37 a.m. A mi lado, Alma, una perra de distinguido estrato social germano, duerme bajo el edredón. De vez en cuando se levanta y me mira con aire de superioridad; pienso que en otra vida debió haber sido una dama antigua de orgulloso linaje y que en esta reencarnación canina se lo sigue creyendo, en vista de su pésima relación con los otros huéspedes del hotel y por la manera en ángulo de 90 grados superiores en que me observa.
Intuyo que sabe que soy una proletaria del siglo XXI, que vende su trabajo a precio de remate: una traducción del inglés al español de un libro de 90 mil palabras por la ridícula, absurda y humillante suma de $125.
Ajá: $125. No es que se me olvidó el cero al final. Es que no hay cero. No suele haber muchos ceros a la derecha del padre para los escritores-traductores-correctores-de-estilo-cuidaperros en el siglo XXI. Es como si las luchas por un salario mínimo justo no hubiesen existido jamás y hubiésemos vuelto a inicios del siglo XIX, época en la que Alma debió haber estado más o menos vestida con un traje de lino blanco, abanicándose y observando desde su terraza un montón de negros recogiendo algodón en Alabama. La falta de regulación y la cantidad de oferentes en los sitios web para freelancers hacen que uno termine regalando su trabajo por sumas ridículas: he visto gente dispuesta a hacer artículos de 500 palabras por 45 centavos de dólar. Como cualquiera puede teclear en una laptop, hacer copy paste y darle enter al google translator se ha iniciado lo que considero la hecatombe final de los escritores y traductores profesionales. Tenía razón mi profesor de teoría literaria cuando, cual profeta del apocalipsis, nos sentenció a buscar brete en otra vara. Los escritores estamos condenados a desaparecer. Como los tocadores de laúd. Como los herreros. Como los bardos. Como las máquinas de escribir irónicamente. Seremos en pocos años una curiosidad de museo, un dato antiguo por consultar en wikipedia, una curiosidad de crucigrama. Estoy gozando de las mieles del capitalismo por internet.
Dolor y dinero se llama el libro que traduzco desde hace cinco días. Como no creo en casualidades, la verdad no me sorprende: entre cuidar los perros y la traducción llevo trabajando mínimo 13 horas diarias y máximo 17. Sin hipérboles autocompasivas. Se trata de un suicidio laboral. Como y trabajo. Fumo y trabajo. Cago y trabajo. Diría incluso que me baño y trabajo, pero he dejado de bañarme porque me parece una pérdida de tiempo.
En La montaña mágica de Thomas Mann, el kilogramo literario que cargo, se habla acerca de la percepción del tiempo. ¿Cómo lo percibimos? El tiempo no se ve, no se huele, no se toca, no se escucha y menos se saborea. Pero a estas alturas, a las 2.43 a.m., yo lo percibo con todos mis sentidos. El tiempo se ve borroso, tiene un sabor metálico, huele a mierda. Y duele. Duele muchísimo conforme dejo de sentir las manos y los dedos comienzan a doler, en especial el del centro de la mano izquierda, el que tendría que haberle sacado a esta traducción en primer lugar.
Dolor y dinero. No sólo lo estoy traduciedo. Lo estoy viviendo.

Pain and Gain. Dolor y dinero en su versión en español. Traduje el libro en que se basa la película por $125... :(

Intermedio: el hueco de mierda
No es un título metafórico. En realidad, estuve en un hueco de mierda y lo cavé yo. Así como cavé mi propia tumba con la maldita traducción.
Ilona me encarga cavar un hueco en el jardín para echar la caca de los perros, práctica habitual en el hotel, donde se podrán imaginar la cantidad de mierda canina que se cosecha en un día producto de los intestinos de quince perros juntos.
Llueve y hace frío. Algo que siempre me había imaginado de los alemanes, y que ahora compruebo, es que esta gente NUNCA para. Sólo así se explica que después de la Segunda Guerra Mundial se hayan recuperado al grado de dominar Europa menos de un siglo después. Eso siempre me ha servido de inspiración. Muchos años atrás, la primera vez que vine a Berlín, compré muchas postales de cómo se veía la ciudad después de la guerra y cómo se ve ahora. Me parecen inspiradoras. Así de destruida me sentía yo en ese momento y así sabría que sería capaz de reconstruirme algún día.
En el hotel de perros sigue existiendo una política similar de weitergehen. Se trabaja así llueva, basta con ponerse una capa y la vida sigue, amparada por la impermeabilidad del tiempo. Y como creo firmemente en eso de que al lugar que fueres haz lo que vieres, no me atrevo a decir que no y, sin protestar, me pongo también mi impermeable y, pala en mano, me dirijo decididamente a cavar una letrina para perros. A eso y mucho más estoy dispuesta por un cuarto en una buhardilla, un baño con tina y un plato de comida.
Lo que sucede (y que yo no me doy cuenta hasta un rato después de estar cavando no tan alegremente) es que el sitio que he escogido ya ha servido como letrina alguna vez. No en vano justo en ese metro cuadrado crece de forma tan frondosa el césped. De este modo, al cabo de unos minutos, me doy cuenta de que no estoy cavando un hueco en la tierra, sino en la mierda de perros del 2009 más o menos. El olor me gustaría poder transmitírselos, venerables lectores, a través de palabras, pero no me dan; un escritor tiene sus límites, en especial si son olfativos a este grado. Pero ya qué, no me queda otra que seguir cavando, llevo ya mucho avanzado y no me voy a poner a hacer otro hueco desde cero, me duele más a mí que a la misma tierra. Así que continúo. La lluvia decide acompañarme también y el frío, creo que hace como unos 13 grados más o menos, el verano por aquí se olvidó de pasar y dejar una cestita con rayos de sol en la puerta.
Y mientras cavo, no puedo dejar de pensar en algo que me dijo un mae una vez y que, en ese momento, no me pareció tan grave, pero con el tiempo me di cuenta de lo mucho que me hirió. O sea, en escatológica analogía como ahora: lo que me dijo empezó como un simple hueco que terminó siendo una mierda.
Él (quien si lee esto, sabrá que estoy hablando de su persona con toda seguridad) me acababa de rechazar de una de las peores formas en que lo ha hecho hombre alguno en la historia. Sin embargo, tanto él, como yo en ese momento, queríamos quedar en buenos términos y, en un intento por ser amigos, fuimos a cenar. Mientras cenábamos comida persa (con el mejor arroz que haya probado en mi vida, según recuerdo hasta el día de hoy) me contaba acerca de su exnovia. Una mujer que lo había herido profundamente, de una forma que entiendo bien, por lo que en ese momento me esforzaba casi heroicamente por no juzgarlo. Digo heroicamente, porque además del arroz pedimos carne y había un cuchillo convenientemete a mano. He eliminado, porque me pareció bastante crudo e indigno de una dama, la descripción que había tecleado acerca de cómo me hubiese gustado usar ese cuchillo en su contra. Los invito, estimados lectores, a ser psicópatamente creativos en todo caso.
En fin, este mae llevó a su exnovia a Tailandia con todos los gastos pagos. Y si ella hubiese querido, se la hubiese llevado medio año a darle la vuelta al mundo. E, incluso, si ella hubiese querido, no habría tenido que trabajar más y él la hubiera mantenido por siempre, en machista y tradicional manera, que perdón feministas unidas del mundo, pero pónganse a cavar un hueco de mierda canina y díganme si no prefieren pasarse en una cocina de los años 50 el resto de sus vidas.
Conforme masticaba el arroz y lo iba digiriendo, al mismo tiempo digería lo injusta que es la vida. Por mí, ningún hombre haría eso. Yo, incluso, me siento culpable si un hombre me va a dejar a mi casa, y hasta hace un par de años comencé a acostumbrarme a que me invitaran a algo. Nunca he esperado nada de nadie, menos de ese calibre. Y ciertamente, de él tampoco lo esperaba. De él esperaba lo más simple del mundo... tan sólo que me tomara de la mano al dormir. No quería nada más. Nada. Ni dinero, ni amor (bueno, quizás...), ni siquiera más tiempo, de ese, que no se percibe con los sentidos. Pero tal parece que, de acuerdo con él, yo no era lo suficientemente buena como para tan siquiera merecer eso. Pero la otra, su exnovia, que lo hirió de una manera tan asquerosa, sí. 
Y mientras cavo el hueco de mierda, no dejo de preguntarme qué carajos estoy haciendo mal en la vida. ¿Por qué otras mujeres sí reciben esas cosas y yo no? ¿Es que no soy lo suficientemente buena? ¿Es que emito alguna señal de que soy tan fuerte que no necesito nada de nadie, de forma tal que mi lugar termina siendo en un hueco cubierta de mierda de perro, sin dormir porque estoy matándome traduciendo un libro por la ridícula suma de $125? Más que de mierda, estoy cubierta de autocompasión y de ira.
Para terminarla de amolar, Astrid (una mujer que trabaja por horas en el hotel), llega a decirme que deje de cavar el hueco, porque llueve demasiado. Ella no habla casi nada que no sea alemán y yo casi nada de alemán, así que entre la mierda y el agujero lingüísitico, me limito a seguir cavando. No consigo traducir el “Detenete” del alemán al español. Astrid, como ve que no me detengo, se decide al menos a ayudarme a cavar y así terminamos las dos llenas de caca húmeda de perro, bajo la lluvia, gracias a tan escatológica e idiomática barrera. Memorable.
Fin del intermedio

Es sábado por la noche y estoy cuidando de una docena de perros. Nada glamoroso, pero Ilona y Linda han salido, y para mí sólo queda traducir y traducir. Tengo que entregar esta vara el lunes.
Por suerte, llevo ya 130 páginas de 195, así que el fin se vislumbra cerca: no sé si es la luz al final del famoso túnel o es que ya a estas alturas estoy enceguecida por el resplandor de la compu, sumergida en un blanco lechoso, cual ensayo sobre la lucidez. Como una maldición, cuanto más traduzco, las páginas que faltan se van multiplicando. Había comenzado en 185 y ahora hay diez más. Creí que se debía a que el español necesita de más palabras que el inglés y que, conforme avanzo, las páginas se van corriendo traicioneramente, alejándome de la paz de la hoja en blanco, pero no: es una maldición.
En fin, la batería de mi compu está desfalleciendo, no hay máquina humana capaz de seguirme en este ritmo desquiciado de trabajo que llevo y se apaga sin decir agua va de un momento a otro. Ante tan imprevistas circunstancias, me paso guardando el archivo cada dos minutos.
Alrededor de las ocho de la noche, se apaga una vez más y, sin mayores sobresaltos, la vuelvo a enceder. Abro el archivo y oh-oh: con lo que me encuetro es que con que el documento de mi preciosa traducción se ha arruinado y ahora, en vez de las cervantinas palabras, hay un montón de códigos en la pantalla que ningún ser humano en este planeta ha de hablar.
Perros moviendo la cola alrededor de mi cadáver. Así es la escena que me imagino que encontrarán Linda e Ilona cuando vuelvan, porque estoy a punto de colapsar. ¡MAE, ESTO NO PUEDE ESTAR PASANDO! Pero pasa. En el mundo de Andrea Aguilar-Calderón las leyes son de Murphy y comienzo a considerar seriamente patentarlas a mi nombre. O tal vez es que la mala suerte del mae que escribió a este libro se me vino como un virus a través del email, pero la vara es que sí, se perdió el documento. No todo: felizmente puedo recuperar hasta la página 43. Pero con las otras 90, tengo que empezar desde cero, un sábado en la noche.
Con la ayuda del único amigo con quien podía contar, que me ayuda con 20 páginas, logro terminar después de pedir una prórroga hasta el jueves.
Me parece inconcebible que ese jueves me puedo ir a domir a las 11 de la noche y, con mi cuerpo en automático, me quedo dando vueltas en la cama hasta las dos de la mañana.
Hay tres lecciones que saco de todo esto:
1. Si yo no doy a respetar mi trabajo, nadie lo va a hacer. Por lo tanto, no puedo seguir regalándome por centavos. Al final, he terminado trabajando por menos de 50 centavos la hora.
2. Se acabó la Andrea buena gente. Hay experiencias que te hacen más fuerte, pero no mejor persona. No creo que mi nueva versión vaya a ser mejor que la anterior. Pero tal parece que algunas personas tienen sus neuronas espejo distorsionadas y hay que ser carepicha para que a uno lo traten bien.
3. “Hör auf!” significa “¡detenete!” en alemán. Cuando se los digan, paren. Por favor.


viernes, 9 de agosto de 2013

Paseo por Delhi 101

En última instancia, es rendirte ante lo desconocido: esta es la India para la que nada te prepara porque su esencia reside en su misterio.
Más o menos así reza entre los primeros párrafos de Lonely Planet India. Es cierto: nada, absolutamente nada, te prepara para el país más diverso y desigual del mundo. Nada te prepara para la India.
A ver, no es por rajar, pero yo he viajado bastante. América, Europa, África... no siempre en las mejores, o más bien, casi NUNCA en las mejores condiciones. Pero cuando llego aquí, 46 países más tarde, siento como si mi mochila fuera el bulto de la escuela. Es como si nunca hubiera salido de casa.
India es una tierra hiperbólica. Otra forma no encuentro para describirla: es de hipérboles. Sobrepasa tus sentidos. Los ojos no te alcanzan para ver cada uno de sus detalles, ni tu cerebro para procesarlos. Hay tanto, pero tanto para ver; tanto, pero tanto para oler, tanto, pero tanto para oír, que los sentidos se abarrotan de tal manera que te abruma, son ridículamente insuficientes para semejante cantidad de información, como si todos sus 1200 millones de habitantes se afanaran en saludarte al mismo tiempo. India empacha los sentidos, los desborda, los hace inútiles. Es como tocar todas las teclas del piano al mismo tiempo. No se puede distinguir tanto a la vez.
Pero va más allá: no sólo es asunto de sobrepasar los sentidos. Es asunto de que India vive en un anacronismo excepcional. Es como si el pasado y el futuro hubiesen colisionado de frente y justo aquí, en la India, se hubiera dado el choque y saliera toda la fuerza de la explosión por estos lados.
Humayun's Tomb. Una de las joyitas de Delhi.

Tomemos, por ejemplo, un día ordinario en Delhi, después del choque cultural que me dejó noqueada en la cama de un hostal de quinta, pidiendo dinero prestado para regresar al lado conocido del espejo.Caminar por las calles de Delhi aturde. Es urbanamente barroca. No hay espacios que no estén llenos de gente, de basura, de dioses, es como si cada centímetro de la ciudad estuviera ocupado, pero de verdad, cada centímetro, aquí no queda más sitio para nadie. Te sobrepasa. No, es que hasta me da impotencia describirlo, por más que diga no puedo transmitir la idea de estar en esta Babilonia.
Pero intentémoslo de todos modos: súbanse en el metro conmigo, lo único que parece organizado en Delhi de alguna manera. Te requisan antes de subir: hombres por un lado, mujeres por otro. Si usted, estimado lector, es hombre, pase a la fila de los maes.Yo, que no sé ni dónde estoy parada, me meto en la fila con usted. Bravo. Es que no me acostumbro a este Apartheid sexual. Que en realidad tiene sus ventajas, porque la fila de mujeres cuenta sólo con dos congéneres nada más; aquí tal parece que el sitio de nosotras es la casa. Así que lectoras, vénganse conmigo. Contrario a lo que se podría esperar en este caos post Big-Bang, el metro es categoría europea: yo diría que incluso mejor que el de Berlín, que no tiene aire acondicionado. En este, sobre todo si se es mujer, viaja uno fresquita y sentada entre el arco iris de las mujeres con saris, en los vagones destinados a nosotras, mientras que uno ve más allá a los maes apiñados unos contra otros, pagando con hacinamiento locomotivo su machismo milenario. Así que maes lectores: salados. Vayan y se compactan en los centímetros cuadrados que les toquen empujándose unos contra otros, en horda salvaje de testosterona. Feliz viaje.
En fin, para que no sufran mucho, bajémonos tres paradas más allá y de inmediato, salgamos del siglo XXI para caer más o menos mil años atrás. Salgamos de la estación y entre la muchedumbre, lo primero que nos toparemos es un templo ahí atravesado, con el cromatismo exagerado de flores, ofrendas y cuanta cosa se le pueda poner a uno de estos dioses, que forman parte de un panteón también hiperpoblado. Dos hombres con turbante y una barba que debe datar desde los sesenta (para seguir con la mezcla de las épocas), se detienen a orar. Me pregunto cuán elevado tendrá que estar uno para ponerse en contacto con las divinidades celestiales, considerando que alrededor hay un laberinto de callejuelas estrechas, malolientes y atestadas de gente. Para no tener que repetirlo, siempre que se imaginen lo que voy describiendo, partan de la imagen de estar metidos en Zapote un 25 de diciembre, en el tope de Palmares o cualquier otro evento multitudinario que puedan recordar, que todo está tan sucio como si toda la basura y mierda que hubiesen producido desde que nacieron todas y cada una de las personas que los rodean los acompañara a todos como un aura perpetua de sus pecados sanitarios y súmenle a toda esa vara un perenne olor a incienso. Imagínenselo y no es ni la mitad.
Rickshaws y un toquecillo de basura...

Luego, síganme para ser empujados unos siglos más adelante al intentar cruzar una calle. A ver, es que cambio cultural más brusco no me puedo imaginar: luego de mes y medio en Alemania, donde todos siguen las reglas y esperan a cruzar la calle cuando el semáforo se pone en verde, así el carro más cercano venga a los ocho kilómetros, pónganme a cruzar una calle en Delhi. No hay manera. Ni los latinoamericanos tenemos la habilidad de cruzar tan a lo bestia. Básicamente hay que encomendarse a Ganesh, a Alá o a sea quien sea que mande por estos lados y tirarse a la calle, esperando que el rickshaw, la moto, la bici, el carro, el bus y la vaca te sepan capear por pura inercia. No puedo imaginar un sitio en el planeta donde conducir sea tan difícil, aquí las reglas simplemente no existen, es básicamente un “pase quien pueda” y sálvense los demás. Quitate, que voy. Esa es la única ley de tránsito. Ah bueno, no, mentira, hay otra: si te desplazás, tenés que hacer escándalo. Las bocinas no dejan de sonar ni un instante, ellos tal parece que procesan que conducir incluye pitar para que sepan que ahí van, anunciarse desde antes, con toda la pompa y circunstancia que den los bocinazos, como si el resto de la gente no tuviera ojos y necesitara escucharlos venir, cual manada de elefantes en tropel inarmónico. Eso es: el ruido es su gasolina.
Supongo que el Keep the distance en los auto-rickshaws es irónico considerando el tránsito de Delhi...

En todo caso, la mayoría de las veces no llega uno muy lejos. Las presas son legendarias en Delhi y puede uno pasar enormes cantidades de tiempo sin moverse. De nada vale una moto: no hay sitio para ellas tampoco. Acompáñenme conmigo en un rickshaw, una tarde entre semana de lluvia de monzón en Delhi. Notaremos, al cabo de unos minutos, que el universo parece girar en torno nuestro: nosotros no nos movemos ni un centímetro, pero alrededor el caos se sigue orquestando.He de decir que en ese sentido Delhi gana: debe ser el sitio más entretenido para quedarse atascado en una presa. Podemos conversar con los vecinos de los otros rickshaws como si fuera una mesa de tragos, mientras cambia el semáforo una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once veces sin que nadie se mueva un pinche metro y no sólo eso, sino que, si la charla no es muy amena, podemos entretenernos viendo alrededor a un yogi de barba hasta el piso meditando en un toldo, los niños jugando con el agua que inunda las calles colgando de los rickshaws para hacer clavados y el acto de circo de una familia de cinco personas subida en una sola moto.
Tránsito en Delhi.

Contraste: esa es la palabra con la India. Contraste. Contrastes hiperbólicos. Salgamos en la noche por Delhi, en compañía de un grupo de británicos, un francés y un neozelandés a una discoteca. Y ahí, otra vez te empujan en el tiempo: después de viajar en el metro con mujeres cubiertas con saris de pies a cabeza y una que otra burka, vas a caer a la discoteca occidental, donde hay una vieja en minifalda repartiendo tragos con una botella desde la barra, bailando reguetón. Es como viajar en el tiempo una y otra vez, a cada segundo: en un momento estamos con gente que parece vivir exactamente como hace mil años, en un templo sufi y nos damos cuenta de que hay un cartelito que dice que se pueden hacer donaciones por SMS. Al rato vemos a un mae de barba larguísima y que saca el smartphone y se pone una bolsa plástica en la cabeza para que no se le moje el turbante con la lluvia del monzón. Es vivir en los extremos, es todo, es la India. Como el altar de algunos de sus templos, barrocos y llenos de flores, que podrías pasarte horas viendo cada detalle, así es cada segundo en la India, pero como el segundo no da lo suficiente, entonces tenemos que continuar andando.
Jama Masjid por dentro.

¿Cansados? No: vamos a Jama Masjid, la mezquita más grande de la India. Caminemos por una calle de mercado Borbón versión Mierda al Cubo y, de repente, veremos una oleada de gente, pero es que una OLEADA, imagínense algo así como los San Fermines, bajando por las gradas de una mezquita enorme. Acaba de terminar la oración. Impresionante, probablemente nunca hayamos visto a tanto musulmán por metro cuadrado, o por centímetro, porque aquí da esa sensación de ahogo, de que los metros ya ni existen. Y mientras esa muchedumbre baja, en los escalones veremos gente deforme, monstruosa, como personajes de mitología de mal gusto, pidiendo limosna. Bien sabido es que en la India mucha gente se causa deformaciones a sí misma para contar con una entrada económica de por vida valiéndose de la caridad. Estamos bajando al infierno de Dante. Un hombre al que le falta el brazo, y a quien en el proceso de curación a saber cómo lo remendaron, pero el caso es que le quedó un pedazo de clavícula afuera, de modo que si alguien choca contra él capaz que se saca un ojo. Gente con huesos que debieron ser piernas en algún momento y que ahora no tienen forma de nada. Bebés abandonados, solos, llenos de moscas, que ni siquiera sabemos si están vivos o muertos. Y, para que no estorben, un tipo ahí encargándose de espantarlos con un palo, para que la gente pueda salir de la mezquita. Comienzo a comprender con más claridad por qué es la India tierra de catástrofes masivas.
Una inofensiva parte de la muchedumbre saliendo de la mezquita... Saqué la cámara tarde, pero era un pichazo más de gente, créanme...

Es una sensación que experimentaremos con todos los monumentos o templos en Delhi: afuera, en sus alrededores, es una vorágine infernal, pero una vez adentro te toca la gente más amable, más en armonía, más en equilibrio con la que me haya topado nunca. Es la India de contrastes: en los alrededores, un caos apocalíptico y en el interior de los templos una paz y una fraternidad que no la he visto yo en ningún otro sitio. La parte terrible es encontrar esos oasis, pero una vez que estás adentro, te das cuenta de que ha valido tanto la pena... Salir del infierno para encontrar el paraíso, literalmente, en versión terrenal. 
Sí. Me quedo con esa defición de la India: es bajar al infierno para subir al cielo...
























viernes, 26 de julio de 2013

Sobre el caballito de bambú

Estimados lectores:
La verdad estoy aterrada. Creo que la gente piensa que soy una persona fuerte, pero en realidad soy mucho más débil de lo que aparento. No esperen que esta sea la mejor entrada del blog, pero en verdad necesito hacer un poco de catarsis.
Ayer llegué a Nueva Delhi. Me vine por impulso, la verdad, con muy poco dinero. No podía seguir más en Europa, sin trabajo, en medio de la crisis. Tomé la decisión de venir aquí porque es más barato, mientras ocurre un milagro y consigo un empleo como traductora, como escritora o como barrecaños. (O bueno, o que muchos de ustedes se suscriban, sólo tengo cuatro suscriptores. Esa fue la cápsula publicitaria del día). ;)
En fin, llegué a New Delhi a las tres de la mañana. Doce horas de viaje, desde Munich, pasando por Moscú. En el aeropuerto de Moscú tuve que correr. Me perdí del grupo de conexión entre mi vuelo porque de verdad tenía que ir al baño. O sea, me cagaba y duramos tanto en aterrizar en Moscú que no me podía liberar del cinturón de seguridad. Tuvo que ser el aterrizaje más largo de la historia. Cuando regresé, asumo que me metí por el lado equivocado, porque tuve que hacer fila con un aterro de vietnamitas y volver a pasar por todos los controles de nuevo. Casi pierdo el avión, pero bueno, llegué.
Cuando llegué a Nueva Delhi, no tuve más remedio que acostarme en el piso a dormir en el aeropuerto. Nueva Delhi es la capital de las violaciones y no es recomendable para una mujer andar sola de noche. Así que nada, tuve que esperar a que apareciera el sol para protegerme y medio me dormí abrazada a la mochila, por si las dudas. Me despertó un mae que me atropelló con un carrito, procendente de un vuelo de no sé dónde porque la ciudad que ponía en el cartel nunca la había esuchado nombrar en mi vida.
Al salir del aeropuerto, eran las seis y media de la mañana y ya el calor era brutal. Un empujón térmico que me quiso devolver adentro. Tenía la dirección del hostal y nada más, con una idea más o menos de cómo llegar, pero qué va: las direcciones aquí son bastante nulas para un extranjero, la venganza kármica de vivir en Costa Rica, where the streets have no name.
Me animé a tomar un taxi. Afuera había una casetilla de taxis de la policía y eso me dio confianza.
Todo lo que hayan escuchado sobre el tráfico de la India es verdad, o diez veces peor. El mae, literalmente, se iba matando. No dejan de pitar ni un segundo. Es una conducción más sónica, que visual, porque no creo que ni sepan ni por dónde van. Me recordó un poco a la primera escena de la India en Comer. Rezar. Amar. cuando la protagonista llega, aunque las comparaciones son odiosas y yo odio esa película también. Yo casi no como, no me veo mucho rezando (aunque debería) y no creo que vaya encontrar el amor por aquí.
Cuando por fin llegué al hostal resultó ser que está ubicado dentro de un mercado. Pregunté por la dirección y era un callejón estrecho y oscuro, por el que si apenas puede caminar una persona a la vez (luego descubrí que también puede caber una vaca). Casi sentí cómo los pantalones se me humedecían: me cagué del miedo. A mi alrededor había una muchedumbre en plena mañana de jueves. Motos, moto-taxis, bicicletas, rickshaws o como se escriba. Es caótico. Imagínense el mercado Borbón, pero diez veces peor. Había mierda por el pasillo cada dos metros, no sé si de vaca o humana. Tal vez mía, porque de verdad que casi me cagué del miedo, si es que no me había pasado en el avión hacia Moscú este era el momento. A todo esto, la regla me vino justo el día en que me venía para la India. Genial.
Llegué al hostal que resultó ser un cuchitril de mierda. Administrado solo por hombres sin sonrisa. Me dijeron que el check in era al mediodía, pero que podía descansar en un cuarto. Seguro me vieron la cara de espanto. El cuarto era espartano, por decir lo menos. Un ventilador en el techo, un baño al cruzar el pasillo donde la mierda se salía de los confines del inodoro. Con todo y la vara, estaba tan extenuada que me acosté a dormir.
Al mediodía me pasaron a un cuarto mejorcito. Una cortina cubre un basurero entre donde está el televisor y la ventana (sí, tiene televisor, pero ni idea si funciona). La ventana está rota a todo esto y por ahí se asoma gente de vez en cuando, así que trato de mantenerme al margen.
Intenté dormir, pero no pude. Me entró la crisis. La crisis nerviosa de verdad. No me sentía lo suficientemente fuerte para hacer esto. Yo he vivido en Mozambique seis meses y he viajado por África, incluso sola. Pero esto me supera. Sobre todo cuando me doy cuenta de que son 12 horas de diferencia entre mi casa en Costa Rica y Nueva Delhi. Estoy completamente sola en el otro lado del mundo. Este es el otro lado del mundo, de verdad. Literal.
Lo que más me intimida es la enorme cantidad de hombres en las calles. Es como si aquí casi no hubiera mujeres y me da miedo no saberme comportar. Por ejemplo, no sabía que está mal visto ver a una mujer fumando. De hecho, no he visto a nadie fumando hasta el momento. Supongo que aquí hay muchas posibilidades de morirse como para también echarse encima el cáncer. Y ahí iba yo fumando, por el mercado, o bazar como lo llaman eso. Yo y mis brillantes ideas.
Traté de calmarme y me puse a leer sobre la India, para informarme. Sí, porque de bruta ni siquiera me tomé mi tiempo para leer antes. Cuanto más leía, más me aterraba. Es como otro planeta. Y yo no tengo casi ni idea. No tengo ni idea de cómo se reservan los trenes, ni los buses, ni nada. Es super complicado. Y siento que no puedo confiar en nadie, porque en los hostales te tratan de sacar plata por todo y de hecho, cuando leo los comentarios en las páginas web, me parece que están alterados, porque al menos este hostal en el que estoy no corresponde casi que PARA NADA con lo que leí en internet, no solo la descripción, sino los comentarios de los supuestos clientes. Todo es mentira. O sea, siento que no puedo confiar ni siquiera en lo que me dice la gente que me rodea, lo cual es una soledad aterradora.
Para las siete de la noche estaba buscando vuelos de regreso a Costa Rica y pidiendo dinero prestado. Estaba histérica. Realmente histérica. Sentía que de verdad no podía seguir más, no podía más sola, he aguantado muchas cosas sola. Nunca he sentido TANTO la necesidad de tener a alguien, sobre todo a un hombre a mi lado. Era, en ese momento, la imagen misma de la soledad, aquí en esta cuartería de mierda, al otro lado del mundo, histérica.
Me puse a hablar con todo el mundo que se me atravesó en Facebook y en Skype. Mi hermano, mi mamá, mi tía, mis excompañeros del trabajo, mi amigo Johannes en Austria, mi amiga Sandra en España, Priyanka, una amiga india que hice en Berlín... Al final hice el berrinche por tres continentes.
Hasta anoche estaba convencida de que me iba a devolver a Costa Rica y que JAMÁS, NUNCA en mi vida volvería a viajar sola. Me quedaría ahí de nuevo, arrodillándome ante la realidad, ante mi destino de ser mujer: por muy liberal que seas, ser vieja no te permite cumplir todos tus sueños. Ser hombre es mucho más fácil, más allá de que siempre pueden abrir todos los frascos de pepinillos que quieran. Y no se pueden cumplir los sueños, menos, mucho menos, cuando te dedicás a escribir. Me puse a repasar mi vida y llegué a la conclusión de que todo se debió a que a partir de cuarto grado me tocó una maestra pésima en matemáticas y desde entonces odio los números, lo cual me cerró el camino hacia profesiones más lucrativas y me dejó sólo con un montón de letras inútiles, que no le hacen bien a nadie.
Esta mañana me desperté, jurando no salir en todo el día hasta poder comprar el boleto de regreso a casa. Pero tenía hambre. El día anterior no había comido casi nada, solo unas galletas y ya de noche no puedo salir. Además, toda la comida que no fuera empacada me generaba desconfianza absoluta y el menú aquí en el mercado no es muy variado que digamos.
Así que tenía que salir sí o sí. Me arreglé lo más decente que pude, agarré todos mis objetos de valor del cuarto y me fui con un candado en la mochila pequeña, asfixiándome por la fuerza con que me amarré las correas. Intenté salir por un pasillo (esto del bazar es un laberinto) y mae: me encuentro con una vaca echada en medio del camino. La verdad me dio un poco de risa, porque estaba ahí, super tranquila, iluminada por un rayo de sol. Nunca he deseado tanto ser vaca en mi vida.
Di media vuelta, porque aquí la vaca tiene prioridad, y me aventuré por otro pasillo hasta que llegué a un restaurante bastante decente, donde me senté a tomar un café. Intenté comerme un sanguche, pero la comida no me pasaba. Y de repente, me di cuenta de que había tres mujeres más solas sentadas en el restaurante, extranjeras. Ahí, tan tranquilas, leyendo.
Entonces me autocacheteé: no. Yo no me voy a devolver. Yo no soy cobarde. Tal vez no sea lo suficientemente fuerte, pero tengo que tratar. He soñado con venir a India toda mi vida. Y si me regreso a Costa Rica ahora las probabilidades son de que nunca pueda volver por estos lados. Aparte de eso, pasé diez días en Berlín esperando por la visa para India, sin salir del hostal y comiendo sanguches para gastar lo menos posible. Ya compré el tiquete y ya que la hice negra, la voy a hacer trompuda. Y si bien es cierto que cada vez que veo a una pareja viajando juntos siento ganas de llorar de lo sola que me siento y de lo mucho que envidio a esa chica por tener a alguien que cuide de ella y recorrer el mundo, ni modo: este es el mazo de cartas que me tocó y dentro de todo, tengo mucha suerte.
Así que aquí estoy. Tengo miedo, mucho miedo. Creo que nunca he tenido tanto miedo en toda mi vida. Pero me lo trago con la taza de café y hoy salgo a la calle, me subo en el vagón del metro destinado para mujeres (una de las pocas ventajas de las que se puede disfrutar aquí, considerando lo ATESTADOS que van los vagones para hombres) y me voy a ver el fuerte rojo y la mezquita más grande de la India. Si esto fuera fácil, la India estaría llena de mujeres solas como yo, viajando, y serían los vagones femeninos los llenos hasta la mierda. No, no es fácil. Pero no seré ni la primera ni la última mujer que se venga sola a India.
No sé si vaya a poder escribir todas las semanas como lo había pensado. Tengo que ir planeando el viaje, buscar hostales, trenes, aviones y aprender, sobre todo, cómo se vive en esta cultura. Además, tengo que seguir buscando trabajo, me salen algunos artículos de vez en cuando por los que gano una cuecha, pero todo hueco es trinchera.
Esta es la peor entrada estéticamente. Tiene lugares comunes por todas partes, repeticiones, cero analogías... Usualmente escribo así primero y luego me pongo a retocar, pero bueno, esto va como una diarrea verbal, catarsis o como se les ocurra a ustedes llamarlo mejor que a mí.
Así que gente, por el momento, la protagonista del libro sigue en la novela.
El caballito de bambú comienza a mecerse.

Posdata: mientras terminaba de escribir esto, me di cuenta de que había un ratón corriendo por mi cama. :p

En Jama Masjid, la mezquita más grande de la India.

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viernes, 19 de julio de 2013

Perrológica

(Siete buenas razones para irse a vivir con hordas de perros en el medio de la nada en la campiña alemana).

1. Arbeit! ¡Brete!
Algo que mucha gente no parece entender todavía es que, cuando viajo, no estoy todo el tiempo de vacaciones o turisteando por ahí. No entiendo qué los hace pensar eso de forma tan entusiasta e ingenuamente positiva: como dato curioso personal, en 11 años de haber ingresado al mercado laboral NUNCA me han pagado ni siquiera el salario mínimo establecido por ley. Además, al ser inmigrante ilegal, muchas veces uno tiene que darse con una piedra en el pecho por salarios de mierda, que pueden ser menos de $10 por día (sí, me ha pasado, me han explotado, la verdad). Por eso es que no todo el mundo vive del modo en que yo lo hago. Hay que hacer sacrificios en aras de un fin supremo: conocer el mundo ahora que hay juventud y salud con qué llenar la mochila, porque no hay garantías de que tan siquiera mañana vaya a ser así. Como dije anteriormente, el tiempo de los otros no es el mío. Este es un estilo de vida más bien nómada y muchas, muchas horas las invierto en trabajar así sea a cambio de sólo cama y comida.

Para quienes optan por vivir tan en las afueras de la zona de confort, existen tres sitios web que son de gran ayuda: HelpX, Workaway y WWOOF. Ahí, el mochilero desempleado y muerto de hambre puede encontrar docenas de trabajos en hostales, en fincas, cuidando niños o, como en mi caso hasta el momento: en dos hostales, en una construcción, en un campo nudista y, ahora, en un hotel para perros.

Primera razón de peso entonces para mudarse con hordas caninas, así sea en el medio de la nada.

2. Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro
Cualquiera que me conozca sabe que los animales me apasionan, y con los perros suelo tener una excelente relación, la cual me permite dialogar con ellos y preguntarles acerca de sus planes de conquista del mundo occidental. Ya para estas alturas, y en vista de que mi experiencia en Portugal trabajando en un backpackers hostel resulta ser una decepción, prefiero por mucho tratar con clientes de cuatro patas que con los impertinentes de dos. Así, no tengo ningún reparo en empacar mi mochila y enrumbar hacia Alemania en busca de cuidar más bien de los canes germanos y no de sus indeseables dueños, que ya me han fastidiado bastante la vida tocando el timbre a las intempestivas dos de la mañana para empezar sus vacaciones portuguesas en el Algarve.
Mi ático alemán y hermoso.

3. ¡Un cuarto con tele y un baño con tina!
Yo me declaro como una persona extremadamente territorial. Así, 100%. Suelo necesitar mi espacio, cuyo perímetro orinaría si eso estuviese admitido por los estándares sociales humanos. En vista de las circunstancias, después de semanas compartiendo el cuarto, la idea de tener algunos metros cuadrados de soberanía, así sea en tierras tan alejadas de la civilización alemana, resulta ser un poderoso aliciente. Y es que el hotel de perros no sólo ofrece la certeza de contar con la compañía de caninos a mi alrededor las 24 horas, sino la posibilidad de tener mi propio cuarto y un baño para mí sola (lujos que RARA VEZ se presentan en el camino). 

Cuando por fin llego, después de haber peregrinado por Hann y Düsseldorf, resulta ser aun mejor de lo que esperaba. En cuanto al baño (y esto calza casi que en la categoría de milagro) cuenta con una tina. ¡Mae, una tina! Mi fascinación por las tinas data desde tiempos remotos, cuando con tristeza me di cuenta de que había crecido demasiado para caber en la que solía usar de bebé y tuve que conformarme con la ducha de mi casa por los siguientes treinta años. De este modo, cada noche, de forma ritual, dejo a los perros viendo tele, disfrutando de algún documental sobre dinosaurios o sobre la juventud de Hitler, y me dedico a permanecer al menos media hora sumergida en la tina, con la certeza orgásmica de los placeres que se saben finitos. El cuarto, por su parte, está encaramado en una buhardilla (amo las buhardillas y al haber sido Mujercitas el primer libro que leí en mi vida, desde entonces tengo la peregrina idea de que una escritora debe escribir en un ático). A todo esto, mi cuarto viene con el bonus extra de un televisor empotrado en el clóset. No soy muy fan de la tele y cuando estoy viajando pasan meses sin que pose mis ojos en una pantalla, pero para escuchar alemán y aprender a discernir sus sonidos guturales me viene perfecto. No es que vaya a aprender mucho alemán con los perros, quienes a la postre resultan ser bastante bilingües y me contestan sin problema lingüístico alguno cuando les hablo en español. Lo cual nos lleva al siguiente punto:

4. Deutsch natürlich!
¿Creyeron que el haber sido despechada por un par de germano-parlantes masculinos me iba a desanimar de aprender la complicada (y para muchos espantosa) lengua de Thomas Mann? Fehler! No en vano cargo con el kilo bibliotecario de La montaña mágica, por muy poco mochilero que parezca.

En vista de la bilingüidad canina, para cerciorarme de las mejoras de meine aussprache, siempre puedo contar con el soporte lingüístico de Ilona y Linda, las dueñas del hotel, una pareja de lesbianas. Si bien es cierto que el escribir y una monstruosa traducción, cuya traumática experiencia será narrada en un capítulo aparte (créanme, se lo merece), me hace convivir con ellas mucho menos de lo que en realidad podría esperarse, al menos durante la cena tengo plena oportunidad de quebrarme la jupa construyendo frases en alemán, a riesgo constante de un derrame en el intento de decir que me pasen el pan, bitte. Por cierto: el pan alemán y yo no nos llevamos. Lo cual me lleva al siguiente punto:

5. ¡Comida de verdad!
Cierto: yo he pasado hambre en mi vida porque he querido. Es realmente inmoral decir que yo he padecido hambre como les sucede a millones de seres humanos alrededor del mundo, en una de esas catástrofes mundiales que, por ser cotidianas, pierden el trágico protagonismo que realmente se merecen.

Pero, a mi manera, cuando viajo de alguna u otra forma la verdad es que termino comiendo pésimo. Y puedo decir, con certeza, que aunque sea por voluntad propia, he pasado hambre, hambre crónica. No es raro para mí regresar a Costa Rica con los pantalones casi por las rodillas, como está comenzando a suceder ahora, en que estoy considerando seriamente comprarme una faja. No todos los hostales tienen cocina y al menos en Europa, comer en restaurantes es caro, de ahí mi nutrición cuyo feliz pilar es el Happy Meal de McDonald's.

Desde mi primer día en el hotel para perros, establezco mis límites ante Ilona y Linda: estaré dispuesta a hacer lo que sea, desde recolectar cacas de perros, cubrir los huecos que hacen en el jardín, sacarlos a pasear, alimentarlos, arrancar mala hierba (prueben a hacerlo con unas tijeras pequeñas y un azadón por ambos lados de una cerca de doscientos metros y verán de qué les hablo), e incluso, la carnicera tarea de cortar a mano 60 kilos de estómago crudo de vaca, pero no cocinar. No quiero castigar a nadie con eso, menos a dos personas que me han dado un cuarto en una buhardilla y un baño propio y de feria con tina.

Para mi suerte, tanto Ilona como Linda resultan ser unas cocineras de categoría de hotel de cinco estrellas para humanos exigentes y dolor de picha, y paso mi mes de reclusión canina alimentándome con comida de verdad. Ambas, como sucede como muchos alemanes, le rinden culto a los productos bio, de modo que tres veces al día tengo la sensación de estar masticando y saboreando algo tan abstracto como lo es la salud. Ni se diga de la ensalada de papa de Ilona: la mejor que he probado, algo digno de destacarse en una tierra donde el color amarillo de su bandera debe representar la legendaria Kartoffelsalat. A todo esto, la máquina de café, una carísima, pero capaz de machacar granos hasta destilar una bebida digna de los dioses, se convierte, para mí, en el objeto doméstico de culto de la casa.

Mención aparte merecen el pan y el legendario Apfelschorle, una bebida de manzana que supongo que hay que ser alemán y algo rubio para que la química funcione y pueda uno, si acaso, encontrarle el gusto a esa vara. En cuanto al pan, asumo que los alemanes, siempre tan pragmáticos, están dispuestos a hornearlo de forma tal que sirva también como ladrillos de barricadas para prevenir inundaciones y otros aludes, de los cuales padecen seriamente en este verano en que llego a su ario país; consabido es que a mí una nube suele perseguirme. ¡Puta vara más dura! Ya incluso partirlo requiere, mínimo, de una katana Hanzo. Mis primeros intentos por tan sólo cortar una rodaja desembocan en la pregunta por parte de Ilona acerca de si, aquella mutilación panadera, es obra de Zitalla, la loba canadiense que habita en la casa y que suele mordisquear de madera para arriba. Lo cual me lleva al siguiente punto:
Zitalla and Ruby.

6. ¡Perros!
Desde que tengo memoria, nunca me ha parecido que tenga la cantidad suficiente de perros y mi sueño filantrópico es algún día ponerme mi propio albergue, donde todo aquel can que ha sufrido una vida miserable pueda, finalmente, encontrar la paz que se merece todo ser vivo, sin importar si camina en dos o cuatro patas. Me encantan los perros y es aquí donde este punto se bifurca en decenas de razones, así como clientes, huéspedes o residentes tiene este hotel: Sam, el golden retriever de babas constantes; Oli, el pequeño felpudo blanco que me sigue a todas partes; Paula y Ledchen, un par de hermanas labradoras; Syd, el pastor blanco con posibles problemas de la vista; Anton, el perro distinguido de un ojo azul y otro café, de voluminoso pelaje, que lo hace parecer traer su propio abrigo todo el tiempo; y así podría seguir porque durante mi estadía transcurren paralelamente las estadías de innumerables perros. A todos estos, huéspedes, hay que sumarles los que llegan únicamente a guardería y los de planta: Ruby, una miniatura de ladrido agudo; Matilda, otra pequeña energética; Kami, una perra de talla equina, gigante y con poco cerebro, pero un alma enorme que se encarga de rellenar todo el resto de su corpulencia; Rosella, una anciana griega disfrutando de la vida pausada de la vejez, y la tímida Zitalla, una loba canadiense capaz de devorar todo a su paso (también el pan).

Me llama la atención que muchos de los perros concurrentes cuentan con pasaporte internacional. Hay una considerable cantidad de griegos, algunos españoles y uno que otro balcánico. Tal parece que en Alemania hay una escasez de perros, la cual suplen con canes forasteros que emigran desde albergues en sus respectivas naciones en busca de una vida mejor, ya bien dicen que Alemania es la tierra de las oportunidades en medio de la crisis de la zona euro. Se me hace fácil imaginar a algunos de los casi un millón de zaguates que vagan por las calles de Costa Rica abordando un barco como lo harían los inmigrantes en el siglo XIX, dispuestos a encontrar en Alemania a alguien que los quiera lo suficiente como para comprarles un tálamo, darles comida enlatada y pagar 15 euros por día para que asistan al kinder y se instruyan.

Sin embargo, de acuerdo con las estadísticas, tal parece que cualquier perro que desee inmigrar debe tomar en cuenta que a los alemanes parecen gustarles los perros grandes. Grandes tamaño mínimo labrador, tamaño glorioso un gran danés. Ha de ser porque como son altos tal vez les da mucha pereza agachar la cabeza para un simple contacto visual y buscan un perro que, al ponerles las patas encima, pueda mirarlos directamente a los ojos.

Esta característica de grandes dimensiones he de admitir que me complica un poco la existencia. Normalmente si mi beba Lu, mi french poodle de mentalidad limitada, se rehúsa a moverse, basta con ir hacia ella y cargarla. Si no es por las buenas, entonces será por las malas. Pero imposible, por ejemplo, cargar a Benet, un gran danés cuya cabeza sola bien podría ser un french poodle completo. Entonces sería por las malas, por las pésimas, para mí. Tengo certeza de que muchos de esos perros deben pesar más que yo. Ahora, imagínense lo que es intentar darles de comer a diez de estos al mismo tiempo, separarlos cuando se pelean o reunirlos mientras están jugando en un jardín gigantesco (tan gigantesco que incluso cuenta con un estanque) para que se vayan a dormir todos juntos. No es precisamente fácil ser la jefa de la manada.
Kami y Matilda... sí, encuentren al segundo perro en la foto.

7. Aprender a estar sola
El hotel, Hundelogik, algo así como “Perrológica”, se encuentra ubicado cerca de la ciudad de Bielefeld, que según cuenta una leyenda urbana alemana, es una ciudad que no existe. Como dije “cerca”. Para mayores referencias, está más bien “cerca” de un pueblo llamado Halle (hay dos Halle en Alemania; éste, a donde he ido a encallar, es Halle Westf). “Cerca”. Lo cual quiere decir en realidad que el hotel está literalmente en el medio de la nada, a plena campiña desnuda alemana, y para ir tan siquiera a comprar cigarros es preciso agarrar bus. Cada noche, cuando me asomo por la ventana de mi buhardilla, no veo ni una sola luz encendida hasta donde me da la ceguera nocturna.

Ahí, entonces, paso casi un mes y salgo únicamente en dos ocasiones: una al pueblo para ir a comprar una nueva batería para mi laptop (artículo que no encontré, lo cual no es de sorprenderse considerando las dimensiones del pueblito de marras) y otra para acompañar a Ilona a traer materiales de construcción para remodelar su oficina. En total, podría decirse que en ese mes paso fuera del hotel tan sólo tres horas. Se trata, efectivamente, de un retiro canino y monacal, en donde los días transcurrien trabajando en el jardín y con los perros durante cinco horas diarias, y luego trabajando solitariamente en mi cuarto, escribiendo o traduciendo.

Ahora que lo miro en retrospectiva, me doy cuenta de cómo he cambiado. Me he acostumbrado de una manera a estar sola, que si acaso me entero de que nunca salgo. Me parece que este viaje más bien está arruinando mis capacidades de socialización y, por el contrario, parece ser una lección de no esperar nunca nada más de nadie, ni depender de nadie, ni confiar en nadie. Lo único que se me antoja es estar con los perros y dormir con tres o cuatro en mi cuarto cada noche, con al menos uno de ellos en mi cama, bajo el edredón. ¿Un mae? No, gracias; si quiere, puede dormir en la alfombra.

Por eso es que lo considero casi como un periodo de monasterio. Monasterio en el sentido incluso de alcanzar cierta sabiduría. En realidad, los perros son muy sabios, pero los humanos nos limitamos a elogiarlos de vez en cuando y no aprendemos de lo que predican detrás de sus ladridos. No voy a entrar en las frases acerca de su fidelidad o de que se conforman con poco. Pedirle a un ser humano lo mismo me parece ilógico. Imagínense que bizarro sería, por ejemplo, que yo me les tirara encima a abrazarlos a ustedes y llenarlos de besos babosos cada vez que entraran por la puerta, en éxtasis, así nos hayamos visto hace tan sólo dos horas y que me conformara con que me rascaran la cabeza a cambio. O sea, no.

Más bien, me enfoco en la sinceridad del perro. Con el perro es fácl: si le caes bien, todo tuanis, y si no, te lo demostrará. No hay hipocresía en el perro y, sobre todo, no hay reparos en demostrar que realmente te necesita o te detesta. Le da igual: lo que siente, te lo expresa sin ningún miedo al rechazo y por eso, si te lo llegás a ganar, su amor nunca se acaba. Tiene que ser la libertad más hermosa, la más sublime, la más pura. La libertad de dar porque te nace, desde la punta de la nariz con la que te huele hasta la punta de la cola que mueve con alegría.

Esa es la perrológica: la que todos deberíamos aprender, empezando por mí.

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